París: placer efímero
En la capital francesa, también conocida como la ciudad del amor, solamente he estado dos noches. Aún así, me ha servido para confirmar que París es una de las ciudades más bonitas de Europa y, sin duda, la más bonita del viaje.
La Torre Eiffel y sus escalinatas, el río Sena, Notre Dame en reconstrucción, Museo del Louvre… Y muchos más sitios que los dejo para la próxima visita. París tiene magia, vas andando por la calle y te sientes embriagado de belleza. En cambio, es contradictorio que una ciudad tan cautivadora tenga un metro tan cutre y descuidado. Dejan de lado la belleza subterránea.

Comer en el Sena comida fría de supermercado, mientras ves como circulan los barcos con turistas, es una experiencia. Muy enriquecedora porque tenía una panorámica de película, estaba escuchando a Vetusta Morla y hacía una temperatura ideal. Ha sido uno de los mejores momentos de este viaje.
Juegos Olímpicos, Roland Garros y elecciones europeas
Tras mi experiencia introspectiva en la orilla del río parisino, entré en Monnaie, el museo de la casa de la moneda. Disfruté de una exposición sobre el origen de las medallas olímpicas, que en los Juegos Olímpicos de París 1900 y 1924 fueron fabricadas aquí. 100 años después, en la misma ciudad, las medallas de oro, plata y bronce que cosechen los deportistas también habrán sido producidas en la misma casa de la moneda. La mayoría se las llevarán los estadounidenses y los chinos, como siempre. Y España será líder en diplomas olímpicos, que en este caso no se fabrican en Monnaie.
Esta parada de mi viaje va muy rápida, igual de rápido que el ascenso de la ultraderecha de Marine Le Pen, ya que, según las encuestas, va a ganar de calle las elecciones europeas. Antes de coger el tren para mi siguiente destino, hago una parada en Roland Garros. No veo a ningún jugador de renombre entrenar en las pistas exteriores, pero sí a unas jugadoras junior que juegan a un nivel impresionante. Consigo dos logros en el Grand Slam donde se puede apreciar el tenis más puro: acceder a la Philippe Chatrier y hacerme catorce fotos con la estatua del rey de París: Rafael Nadal.

En los alrededores de las pistas del torneo, un hombre señala mi camiseta -mi camiseta del mejor jugador de la historia sobre tierra batida- y me dice si me puede hacer unas preguntas. Pertenece al departamento de comunicación de habla inglesa del torneo y está recogiendo declaraciones. Yo también hubiera entrevistado a un chaval que lleva la camiseta de Nadal. Recoge mis declaraciones con una grabadora como la mía, pero mejor. En este viaje sabía que yo iba a hacer entrevistas, pero no me esperaba que me hicieran una a mí. Me preguntó por el Alcaraz vs Sinner de semifinales. Le dije que iba a ser un partidazo, pero que la derecha liftada del español -ideal para tierra batida- decantaría el encuentro.
En el mismo día, también fui yo el que sostuvo la grabadora. Tenía dudas porque había escuchado más de una vez que los franceses detestan que les hablen en inglés. De eso mismo hablé con Fritz, alemán de Mainz, en el desayuno del albergue. Sin embargo, di con cuatro estudiantes muy cercanos, abiertos al anglosajón y que estaban comprometidos con la Unión Europea, principalmente por el miedo a la ultraderecha y a la derecha en general. «Macron es de derechas», aseveraron.
En esta crónica de mi experiencia en París es imprescindible mencionar que me echaron en cara -después de confirmar que soy de Madrid- que les habíamos robado a Mbappé, su mejor jugador. Ocurrió en un puesto itinerante de souvenirs y dibujos ubicado en los alrededores del río Sena. Me lo achacó el vendedor, después de decirme que solo puedo pagar con tarjeta a partir de los 10€ de compra. París es un lugar maravilloso, al menos para visitarlo. Y Mbappé está de acuerdo conmigo desde ya mismo.